Cierto día llegó a ese lugar un lobo hambriento, quien no dudó en poner sus enormes dientes encima de ellos. Ambos animales, cada uno por su cuenta, pensaban en la forma de escapar de ese feroz lobo. Llegó la noche y él puso en marcha su plan. Fue entonces que el gato y el perro salieron muy asustados del lugar que habitaban y uno corría detrás de otro por salvar su vida de ese feroz animal.
El gato muy asustado gritaba muy fuerte: ¡Corre perro, corre que el hambriento lobo nos alcanza!
El perro corría y corría a pasos agigantados para alcanzar al ágil gato. Corrieron tanto que se adentraron en el bosque y encontraron unas pequeñas chozas. Fue en una de ellas que cuidadosamente se metieron y sin hacer ruido alguno pasaron toda la noche juntos. Ante tan peligrosa situación intentaban calmarse uno al otro con gestos, ya que cualquier movimiento o bulla los delataría. Pasó un buen tiempo y ambos con miradas de temor y de manera sigilosa decidieron salir de ahí. Sin embargo, el astuto lobo sabiendo que ambos no podían vivir o pasar tiempo juntos, los esperó escondido detrás de un árbol y ni bien salieron empezó a perseguirlos nuevamente.
Desde ese día el perro y el gato pudieron habitar en un mismo espacio y cada vez que tienen una dificultad se dan ayuda como lo hacen los verdaderos amigos.
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